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De cobardes y cobardías

La cobardía moral a la que están entregados dirigentes de la izquierda española en las redes sociales, da buena cuenta de su catadura humana y de una suerte de prevaricación funcional a sabiendas de que no es ese su trabajo, ni se les paga para ello con nuestros impuestos

Pedro Sánchez con las vicepresidentas y ministros.Europa Press

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Me ha venido a la memoria -esa traviesa compañera de viaje, habitualmente infiel e interesada- mi querido rector Justo Nieto y su fina inteligencia, siempre aderezada con ironía: “más vale un cobarde vivo que cien valientes muertos”. O cuando Paco Camps, igualmente admirado y querido, saludando a quien luego fuera Presidente del Gobierno (el mejor habido en democracia en mi opinión, y no es adivinanza) inopinadamente me calificó de valiente. Con cierto rubor tiré de la ironía aprendida del primero para afirmar “no es así, simplemente tal vez rodeado de cobardes”.

Pero, si me disculpan por compartir esas dos notas personales, no es de cobardes o valientes sobre lo que pretendo escribir. Quizás todos podemos ser una u otra cosa según las circunstancias.

Tras repasar estremecido el contenido del capítulo XXII del Libro I de ensayos de Michel de Montaigne, titulado “El beneficio de unos es perjuicio de otros” y aunque el concepto de cobardía ha sido abordado filosóficamente a lo largo de los siglos, aun asistido por Chat GPT no he sido capaz de encontrar un tratado específico. Desde Tucídides (V a.C.) a propósito del valor de los atenienses capaces de morir por la polis en la Guerra del Peloponeso a Jean Paul Sartre (1943) en el Ser y la Nada, reflexionando sobre la mala fe y las excusas para no actuar. De Aristóteles (IV a.C.) diferenciando entre temeridad y valentía y excusando el miedo humano, a Jünger (1920) que distingue entre la cobardía deliberada y el miedo instintivo. Maquiavelo (El príncipe, 1513) y Montesquieu (El espíritu de las leyes 1748) abordan la cuestión desde un punto de vista específicamente político, para concluir uno en la necesidad del líder de ser admirado por su determinación (y mejor temido que amado) y el otro en que la tolerancia con la corrupción es la madre de todas las cobardías y el mayor indicador de debilidad de los gobiernos.

M.C. Escher, Hands drawing. 1948

Dejo al lector interesado en el pensamiento más reciente la oportunidad de indagar sobre la “mente tétrica” o la desaparición de los rituales en la obra de Byung Chul Han vía Julen Iturbe. Y al progre impenitente hacerlo en la de Walter Benjamin (1892/1940) perejil de todas las salsas filosóficas de la izquierda, a través del mexicano Víctor Hernández y su Blogdeizquierda.com en conceptos como “asco”, “poderío” o “lucha de clases”.

Interesante, para terminar con mi diletantismo en la materia -Juan Arnau bien podría hacerlo debidamente- el artículo “Ante la cobardía o del principio de abrir caminos” del profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali Juan Carlos Siuffi-Campo (marzo 2024), que me atrevo a resumir -tomando palabras prestadas- en que la cobardía y la pereza están entre los grandes defectos de una humanidad contemporánea, que añora una vida distópica sin riesgo alguno.

La cobardía moral a la que están entregados dirigentes de la izquierda española, encabezados por el presidente del gobierno y sus ministros en sórdida vanguardia, contra Ayuso, Mazón y el propio Feijóo, seguida por segundones como Baldoví, Bernabé o Sanjuan y un manso aunque vociferante ejército - ficticio en su mayoría y amparado en el pseudónimo- en las redes sociales, da buena cuenta de su catadura humana y de una suerte de prevaricación funcional a sabiendas de que no es ese su trabajo, ni para ello se les paga con nuestros impuestos. Además de resultar absolutamente insoportable para el común.

Confío plenamente, sin embargo, en que somos muchos los que estamos en disposición de representar una enérgica y pacífica protesta, saliendo sin aspavientos ni insultos de nuestra zona de confort y admitiendo el riesgo social que conlleva. Hago desde aquí mi particular leva.

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